Nunca he sido aficionada a las corridas de toros. En varias ocasiones hasta me he declarado muy pero que muy anti taurina. Jamás he hecho esfuerzo alguno por entender la gracia de la fiesta nacional, y si me regalasen un par de entradas para ir a ver una corrida, seguramente se las regalaría al primero que pasase. Tampoco he sido capaz de ver por televisión ni dos minutos de corrida, no conozco los nombres de los cinco toreros más importantes del actual panorama taurino, pero no por eso estoy de acuerdo con la prohibición de las corridas de toros.
Pero lo escandaloso de esta cuestión no es lo que se ha hecho, si no de la manera en que se ha hecho. El punto desencadenante de esta prohibición se aleja demasiado del propio debate sobre si las corridas de toros son un arte o un maltrato a los animales. Otra vez más, Cataluña usa cualquier maniobra por poco ética que sea con tal de acercarse un par de pasos más a su tan anhelada independencia, y otra vez más, se ha acabado politizando un asunto que no debería tener nada que ver con el mundillo del politiqueo.
Indistintamente, lo que resulta abrumador es la tendencia que se está implantando de prohibirlo todo. Esta nueva moda, muy propia de un régimen político dictatorial, trata básicamente de luchar por lo que a uno le gusta o no le gusta, de conseguir que aquello que detestas sea terminantemente prohibido, y de intentar que aquello con lo que disfrutas no sea vedado por sus detractores. Con tanto tira y afloja es imposible aburrirse.
El problema viene cuando se mezclan las churras con las merinas, como ha pasado con la Independencia de Cataluña y las corridas de toros… Si se aprovechan este tipo de cuestiones para desquebrajar poco a poco la unidad territorial como en este caso, o para cualquier otro fin, llega un momento que la desorientación percibida por este juego nos carga tanto que ya ni nos acordamos de por qué iniciamos la lucha. Además, esa moda de prohibirlo todo está alcanzando cualquier terreno de lo social... Recientemente se prohibió la venta de refrescos, helados, chucherías y frutos secos en los comedores escolares, se prohíben los símbolos cristianos en los colegios, con la ley de la memoria histórica se nos prohíbe que conozcamos y recordemos lo que ocurrió hace unos años en nuestro país, y un larguísimo etcétera de prohibiciones con muy poca razón de ser.
No me gustan los toros, pero no quiero que se prohíban las corridas. Quien quiera ir a los toros que vaya, y el que no, que exprese su opinión, que no vaya, que invierta su tiempo de ocio en otras actividades, o que se compre un mono y baile con él. Para mí la conclusión que se extrae de toda esta oleada de prohibiciones es que nos falta mucho camino que recorrer en cuanto a lo que respeto y tolerancia se refiere. Está claro que todos odiamos y amamos muchísimas cosas, pero lo que no podemos pretender es el logro de una sociedad homogénea que adopte un mismo modo de ver el mundo.
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